
Los científicos sociales insisten en que es necesario estudiar el consumo de drogas a partir de un modelo que tenga en cuenta el contexto social («setting») y la expectativa del individuo («set») oponiéndose a lecturas más estrictamente médicas y farmacológicas que generalmente son predominantes en el debate público. Norman Zinberg estableció estos conceptos durante los años 1960. Sus investigaciones fueron importantes porque demostraron que algunas personas podían tener una relación no problemática con los opiáceos, en aquella época considerados como el fin de la caída, por llevar inevitablemente al vicio.
Desde el punto de vista teórico, la separación entre estas esferas es una división artificiosa entre ‘mente’ y ‘cuerpo’. Las expectativas del sujeto (set) representan el aspecto mental, y el ambiente cultural (setting), el cuerpo. Cuando estos conceptos son fetichizados, acabas con un modelo un poco mecánico, que intenta predecir cuál será el efecto si le proporcionas una sustancia a un sujeto, de acuerdo con una expectativa determinada y en un ambiente específico. Mas si analizamos la experiencia de una persona, vemos que la cosa es más complicada. Hay muchos ciclos de retroalimentación (feedback-loops): cosas que vienen de la cabeza y van hacia el cuerpo y viceversa. Es muy difícil decir exactamente si una sensación que está en el cuerpo viene de una euforia cerebral o viceversa. Preferiría crear un modelo donde se asuma que el efecto de una sustancia es de alguna manera imprevisible. El hombre nunca conseguirá domesticar totalmente la experiencia. Esa magia es, desde el punto de vista indígena sudamericano, lo que se concibe como el «espíritu de la planta». Este espíritu es autónomo, tiene su propia fuerza. Supera la división mente-cuerpo. Yo defiendo el concepto de planta maestra, la planta que enseña, que reduce esa actitud de prepotencia humana de que todo puede ser controlado por medio de disciplinas físicas y mentales.

* Bia Labate, antropóloga y periodista brasilera.

